lunes, 15 de julio de 2013

PARTE UNO (El diario de anotaciones de Exeter)



  Jamás me vi en la penosa obligación de tomar una libreta para llevar un diario de campo de una investigación; mi memoria es prodigiosa, las pistas siempre eran bien guardadas como evidencia y mi renombre me era suficiente frente a una corte a la hora de acusar a alguien; no tenía la necesidad de llevar ningún escrito que me respaldara de una forma u otra a menos que este fuese parte de las pistas y no hubiese sido escrito por mí. Pero después de los acontecimientos que se han presentado desde el comienzo de la investigación de los asesinatos y desapariciones me veo en la obligación de comenzar uno, no porque necesite recordar algo, sino porque deseo que alguien tenga la oportunidad de enterarse de lo acontecido y culmine con la investigación si algo llegase a pasarme, que, ahora, es una posibilidad bastante cercana.
  Por ello, comenzaré por dejar en estas primeras páginas mis registros de la primera semana que fue, en sí, la menos ajetreada de todas.
  Quizá tras el registro de datos quien se disponga a leer este diario comience a pensar que más que una brillante jovencita de La Docta, no soy más que una vil niñata que perdió los estribos y su camino al manicomio; pero he de rogarle a esa persona que, por el Dios en el que he comenzado a creer, reconsidere los hechos aquí narrados; y si después de ello continua pensando que he perdido mi sensatez, al menos, por mi memoria y la memoria de las almas que he ayudado a descansar en paz tras sentenciar a sus asesinos o captores, le pido lleve siempre consigo un crucifijo como protección.

  Durante dos semanas se presentaron una ola de asesinatos y desapariciones en Córdoba que, al culminar el último domingo de las mismas, reunió  18 víctimas, un número considerable teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad, aunque predecible tomando las cifras de los visitantes anuales, en su mayoría peregrinos. Las víctimas se dividieron en 11 muertos y 7 desaparecidos, todos de clase alta y entre las edades de 16 y 24 años.
  La policía tomó ambas cosas como hechos aislados antes de recurrir a mis servicios, pero las coincidencias entre los crímenes eran muchas y simplemente no podía verse como obra de delincuentes diferentes. Primero que todo, las edades y la cuna de las victimas las unían de una forma más que obvia; segundo, todos los cuerpos eran de hombres y habían sido encontrados cerca de sus casas unas horas después de desaparecer; tercero, todas las víctimas, incluso las desaparecidas que solo eran damas, habían sido vistas por última vez en los alrededores de la iglesia Compañía de Jesús… ¿Coincidencia casual? Era ridículo pensarlo.
  Tras tener claros esos datos me vi en la obligación de comenzar con mi trabajo de campo. Hablé con quienes habían visto a estos desafortunados por última vez, sin obtener ninguna declaración de utilidad, y me di a la tarea de recorrer un par de veces los exteriores de la iglesia, analizando cada centímetro de la edificación hasta encontrar la que sería mi primera pista: atados fuertemente estaban escondidos 7 crucifijos escondidos tras unos arbustos; unos de madera tallada, otros de aleaciones de metal, algunos de plata, otros con joyas… Visité, entonces, la casa de cada mujer comprobando que los crucifijos les pertenecían pues se trataba de familias muy católicas; sin querer dejar nada al azar visité las familias de los que habían pasado al siguiente plano, comprobando que ellos también eran católicos y que quienes llevaban crucifijos antes de su desaparición y muerte habían sido encontrados con los mismos algo averiados a unos metros del cadáver.
  Siguiendo las creencias de las familias y considerando la escena del crimen decidí cubrirme con un velo negro, ponerme un vestido que odiaba del mismo color, y asistir a una misa en la iglesia Compañía de Jesús. Me quedé de pie durante toda la ceremonia, en el fondo del lugar. Desde allí observé a cada persona retirarse hasta que el bello y fino lugar quedó casi vacío por completo; me adelanté hasta el altar caminando con la cabeza gacha por el costado derecho, fingiendo que observaba el blanco piso pulido y no al sacerdote que ordenaba el lugar.
 –Padre–susurré con un tono de voz dulce y queda, un tono que difería mucho del mío–¿Puede usted… usted…?
  –¿Sí, hija? –su expresión y tono de voz eran cándidos, tanto que sus regordetas facciones parecían menos fuertes.
  –Tengo miedo, padre, no quiero renunciar a esta iglesia, pero… temo que… que… –di una honda inhalación y levanté la mirada con las manos temblorosas–… que pueda ser la siguiente.
  El párroco tragó saliva ruidosamente y se pasó la mano por el canoso cabello un par de veces. Trató de tomar el cáliz para ponerlo en su lugar, pero sus movimientos se volvieron torpes y terminó por derramar un poco de vino consagrado sobre el mantel blanco que había dispuesto sobre el altar.
  –Hija, no… debes preocuparte. No eres tan… mayor como ellos, y… no… creo… que conozcas a ningún duque –soltó en un tartamudeo inconsistente que no permitía entender bien lo que trataba de decir.
  ¿Duque? No habían duques en Argentina desde que el gobierno se había deshecho de los monarcas españoles y había dado paso a un supuesto mandato del pueblo.
  Dejé la iglesia y me escabullí a mi hogar en las afueras solo para cambiar aquellas incomodas prendas por un pantalón estrecho, un vestido purpura entallado de faldas anchas que llegaban un poco más debajo de las rodillas y unos botines cómodos para caminar hasta los principales lugares para alquilar coches y algunos hoteles.
  En los hoteles no recibí ninguna información sobre algún duque, pero sí la recibí de un hombre llamado Alberto, poseedor de un Hackney Coach que había sido traído hacía unos años desde Londres en un barco de carga y que el mismo Alberto había reparado y pintado para dejarle de tal forma que bien podría ser el carruaje de un monarca Europeo por sus cuidados grabados y sus elegantes formas.
  –Ahh, sí, sí, el dichoso duque de Toledo. Llegó quien sabe cómo aquí porque no traiga carruaje propio, y alquiló el mío porque es el más elegante–su postura cambió de inmediato, se irguió tratando de imitar a un aristócrata y su mentón comenzó a apuntar al cielo, lo cual se veía realmente gracioso considerando sus ropas viejas y “pasadas de moda” –Llevaba muchos baúles, tanto que tuvo que alquilar otra calesa que llevase solo baúles. Me pidió que lo llevara a una enorme casa a las afueras, según pude entender la había comprado para su acompañante que después me enteré era su hijo. Cuando se bajó me dijo que quería invertir en vino, que si conocía algún buen viñedo le dijera; pero yo solo conozco lugares donde venden botellas.
  –¿Cuándo llegó? –insistí, había hecho aquella pregunta al menos cuatro veces y sus respuestas siempre iban a cuantos baúles tenía, cual más bellamente tallado, cuan sublime eran sus trajes y cuanto le había pagado.
  –Ummm… déjeme ver. ¿Dos semanas?... No estoy seguro.
  Más pronto de lo que pensaba había adquirido a mi gran primer sospechoso. Sonreía para mis adentros mientras enumeraba las casas en las afueras que hubiesen estado en venta. No entendía como la policía había pasado por alto aquel gran detalle, pues la llegada de un alguien en un momento casi tan exacto solo podría generar sospechas.
  –¿Dijo algo más?
  El hombre lo pensó por un par de momentos antes de volver a abrir sus labios.
  –Dijo algo sobre el teatro. Su hijo dijo que no quería ir a ningún baile, y el duque le respondió que si habían dado tanto dinero para reparar el edificio lo menos que podían hacer era asistir a la fiesta para presentarse como los… ¿cómo fue?... ah, sí, aquellos que habían salvado el viejo y querido teatro.

  Tras aquella recolección de pistas todo fue claro, para conocer a mi sospechoso debía infiltrarme al baile mencionado que no fue difícil de encontrar después de preguntar a varios artistas. El duque había hecho una generosa donación para reparar el teatro y construir una nueva sala, que sería usada para el baile antes de que fuesen dispuestas las sillas en la planta baja.

  Fiesta a la que no debí haber asistido, pues más me hubiese valido abandonar el caso sin importar cuantas victimas nuevas salieran a la luz; pero, ¿cómo iba a saber que un simple baile iba a ser tan contraproducente? 

3 comentarios:

  1. Hola, os he nominado a un premio para tu blog, lo puedes recoger aquí: http://retratodeunasesino.blogspot.com.es/2013/07/extra-premio-para-el-blog.html

    ResponderEliminar
  2. D: me ha gustado. Enhorabuena! Te encontré en la comunidad de jóvenes escritores.
    A ver si visitas mi blog :)
    www.anthonyyl.blogspot.com

    ResponderEliminar
  3. Hoola, me encanta tu historia, me encontré con este blog por casualidad, pero al comenzar a leer me quedé como enganchada, me encanta tu estilo de escritura, y ademas me encanta que mezcles trama criminal con un estilo mas fantasmal y gótico. ^^ Que sepas que tu trabajo es impresionante.
    Si alguna vez necesitas algo contacta conmigo a esta dirección:
    anastasiacarlintong@hotmail.com
    Saludos y muchísima suerte
    Tas

    ResponderEliminar